Homo Sapiens, ¿Sapiens?
Manuel Laureda García
Se pagaba seis euros por euro apostado. Lo vi pero no me atreví a jugármela, a pesar que tuve esa paradójica sensación. Saber que, aunque efectivamente es muy difícil lograrlo, en el fondo (muy en el fondo) emerge un minúsculo rasquicio de esperanza que nos empuja a creer que se podrá. Y a medida que se acerca el día, sube la cuota de la apuesta al ritmo que lo hace nuestra ilusión. Hoy puede ser el día. Tocan tambores y cornetas. La hemeroteca nos esperanza. Nos acordamos de las grandes noches. Hoy es el día "D". Hoy hay cita con la historia. Hoy toca épica.
Afrontamos el día con los nervios en el estómago, como si fuésemos a saltar al césped o a presenciar el partido en directo en el estadio. Liturgia y rituales se agolpan en las horas previas, alternado los golpes de realismo que nos hunden en el pesimismo, con las bocanadas optimistas que nos invaden en la intimidad del baño o del coche. Matamos cómo podemos la tarde hasta que las televisiones y las radios conectan con el campo, y he ahí donde comienza nuestro particular partido.
El manual del forofo futbolero estipula que el partido no comienza cuando les árbitro pita el inicio. Comienza antes. Cuando se repasan las imágenes de la llegada de los equipos o se actualiza la página web para confirmar los onces titulares, comienza nuestro verdadero partido. Para cuando el balón eche a rodar habremos descuartizado rudamente nuestras uñas y las pulsaciones estarán cerca del umbral aeróbico. Es parte del juego. De nuestro juego. Es parte de la épica. Las remontadas comienzan en nosotros, los espectadores.
Es cierto que la mayoría de veces el sueño se trunca y la realidad, más dura que cruda, nos devuelve los pies al suelo. Pero a veces, en contadas ocasiones, la magia sucede y el pseudo-milagro ocurre. Se fragua la tormenta perfecta o se alinean los astros. O ambas cosas. Llámenle como quieran, pero todo cuenta. Goles tempraneros, otros en propia meta, ayudas arbitrales, etc. Los acontecimientos se suceden y todos son favorables. ¿Y si fuera hoy el día? Ni nos inmutamos con el primer gol, necesitamos tres más. Aplaudimos en el tercero, lo están dando todo. Y con los siguientes goles nuestra voz aumenta de decibelios, nuestras palmas resuenan con más fuerza y nuestro culo se levanta más del sofá . Suben las pulsaciones. Empezamos a protestar porque lo vemos cerca. El equipo rival pierde más balones. Forzamos más córners. Chutamos más. El tiempo se agota y un hilo de respiración nos mantiene vivos. Una última oportunidad: se va a colgar el último balón. Sube el portero y ya no nos sentamos.
Ese balón que tantas otras veces se quedó corto o fue despejado con virulencia. Ese que casi nunca llega a uno de los nuestros o si lo hace no es golpeado con destreza. Ese que nos acompañaba a la orilla para morir cruelmente allí. Ese sobre el que poníamos el alma y nos rebotaba con decepción. Ese hoy difiere, llega a uno de los nuestros y se golpea hacia portería. Y el tiempo se detiene.
El balón entra en la portería, toca la red pero no lo celebro. He de cerciorarme primero que el línea no ha levantado el banderín. No lo hace y comienza a correr hacia el medio campo. Y salto. Y grito. Y me atropello la voz y los pies de punta a punta del comedor. Ha sucedido y todavía no lo creo. Vuelvo a mirar a la televisión y me doy cuenta que no he dejado de gritar, al borde del desvanecimiento. Las manos van de la cabeza a las caderas y al pecho. De nuevo a la cabeza y vuelta a empezar. Comenzamos a sudar y nos percatamos de que nuestro pulso está descarrilado. Lo hemos logrado. Se ha acabado.
Son innumerables las ocasiones en que vimos a los otros festejarlo. Estamos cansados de soportar constantemente que sean los otros quiénes saltan acelerados y gritan, a voz vacía, que han hecho la machada. Cansados de tener envidia. Nuestro equipo nunca tuvo raza ni bemoles. Nunca echó mano de la casta ni nos levantó con la épica. Y vaya si gusta ganar así.
Por ese motivo no entiendo que estén tan molestos. No comprendo por qué los aficionados a los que vimos disfrutar con remontadas de este estilo, hoy, sin que sea su equipo el que pierde, se quejen tanto y con tanta vehemencia. Parece que hayamos tomado por nuestro algo que no poseemos, que les hayamos profanado su tesoro. Parece que ni lo merecemos ni tenemos derecho. Parece que los envidiosos somos, por primera vez, envidiados.
La remontada más espectacular será, por gusto de muchos, la más controvertida y polémica de la historia. Pero quitarle el baile bailado a los que no acostumbramos a frecuentar estos lares es igualmente polémico. Tranquilos, no se alarmen, no volveremos a hacerlo. Este no es nuestro estilo. No está en nuestro gen.
Creo que es un artículo 100% acertado. Has conseguido definir con mucha claridad que hay el mundo de los forofos y fanáticos del fútbol. Creo que cada aficionado debería comportarse de manera que celebren las victorias de su equipo y respeten la de los contrincantes. Por que por mucho que digan que el fútbol es un juego de estrategia para conseguir la jugada perfecta tiene una base, el respeto. Tanto para los jugadores, entrenadores, etc como para los aficionados y forofos.
ResponEliminaMarcT3ESOC. L'article mostra a la perfecció com és un fanàtic del futbol, he aplegat a imaginar-me com seria eixa final amb el meu equip i l'aguera viscut igual, però no estic del tot d'acord, pense que la rivalitat és una cosa que està ahi, mai canviarà mai veuràs un aficionat del Barça alegrar-se per una victòria del Madrid, el mateix que un del Liverpool amb el Manchester united. Però està clar que no s'ha d'arribar a certs extrems de violència.
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